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EL HOMBRE SOLO


Parte 2.

Lauro Trevisan

Cansado, Polé se acostó sobre el césped, apoyó la cabeza en una piedra y se adormeció.
Al despertar vió ante sí a un ermitaño, de largas vestiduras y densas barbas.
- ¿ Qué haces aquí ? - preguntó el ermitaño.
- Y tú, ¿ qué haces aquí robándome la intimidad con tu presencia ?
- Entonces, ¿ viniste aquí para huir de los hombres ?
- Vine aquí para huir de los hombres, de Dios, de la civilización de la hipocresía, del desasosiego interior, de todo.
- Puedes escapar de los hombres, pero no puedes huir de Dios. Con sus ojos escudriñadores e infinitos, Él te perseguirá donde quiera que estés. Él te observará entre los árboles; Él juzgará severamente todos tus actos, por más ocultos que sean; Él analizará audazmente tu conciencia en la constante búsqueda de tus manchas. Él es el límite de tu libertad. Él renacerá más vivo aún.
A Él le pagarás siempre tus deudas, con sufrimientos y dolores acrecentados.
Él es el dedo en tu boca; Él es el muro ante tu libertad; Él es la amarra en tu vigor; Él es la toxina para tu sexo; Él es la fuerza contra la cual nada ni nadie puede.
- ¿ Dónde está ese Dios ?. Yo lo mataré.
- Está lejos y está cerca. Eleva tus ojos y, por más que ellos puedan traspasar las nubes y los cielos, jamás llegarán al pedestal de su trono dorado, en el cual Él se sienta todopoderoso, Señor de los cielos y de la tierra. Delante de Él, tú no aventajas a una lombriz insignificante,
- ¡ Detesto a tu Dios !
- Mío y tuyo. Por más que lo niegues, Él siempre es tu Dios y está siempre ante ti, juzgándote en la exacta proporción de tu orgullo.
- Aléjate; ya me arrebataste una hora de mi precioso sosiego. Vuelve tu boca hacia el valle y únete a aquella necia multitud.
- Ya me marcho. Adios. Siento pena por ti, pues vas camino al fuego del infierno, en el cual arderás noche y día por toda la eternidad.
Dicho esto, el anciano de largas barbas le volvió la espalda e inició el descenso de la montaña.
Polé se levantó y pusosé a buscar un refugio para pasar la noche.
Acostado, recordaba aún las palabras del ermitaño y reflexionaba:
- Si Dios está más allá de las nubes, no me puede divisar. Si está allá, no está aquí; luego, yo estoy solo.
Si ese Dios castiga, ya no es feliz porque el castigar requiere una acción esencialmentte repulsiva. Si Él se inquieta por mí, tampoco es feliz. Entonces lo arrojo afuera como a un muñeco inútil; lo lanzo afuera como expulsé al gentío de los valles. Exhaló hacia abajo y hacia arriba:
¡ Yo quiero estar solo y libre !
Con esas palabras, Polé se adormeció.

(Continúa)


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26/07/06

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